A partir de los 40 solo te dicen joven si te mueres. Y sí: cuando alguien fallece a los 42, la frase automática es “uy qué lástima, murió tan joven”. Pero fuera de ese contexto, ya nadie te dice joven. Tampoco eres viejo. Estás en esa zona rara: el inicio de la segunda mitad de la vida.
Ahí me encuentro yo, a los 44 años. El cuerpo empieza a dar señales de que ya no es el mismo de antes, pero a cambio ahora tengo algo de experiencia. Y yo siempre pensé que la experiencia era un premio al tiempo transcurrido poniendo atención y esfuerzo. Hoy veo que no es tan simple.
La experiencia, llegada esta etapa de vida, es un arma de doble filo, un sendero que se bifurca en dos caminos: el camino donde la experiencia se convierte en necedad y el camino donde la experiencia se convierte en sabiduría.
Al inicio del primer sendero, el camino parece fácil: amplio, cómodo, bien iluminado. Pero si elegimos andar por ese camino, sin darnos cuenta, la experiencia poco a poco se vuelve rigidez. Repetimos obsesivamente patrones que funcionaron en el pasado, nos aferramos a creencias como verdades absolutas, ignoramos lo que pasa enfrente y nos encerramos en nuestros caprichos, intereses y expectativas. Nos hacemos necios, queremos que el mundo externo cambie para coincidir con nuestras preferencias, en lugar de transformarnos a nosotros mismos. Y mientras más avanzamos por este sendero, más oscuro y pedregoso se vuelve el camino. Cada paso cuesta más, y poco a poco nos vamos aislando.
El final de este sendero es un lugar solitario porque relacionarse con alguien así de rígido es casi imposible. Es como aventar una pelota de yoga con todas tus fuerzas contra una pared a un metro de distancia: no solo no la atraviesa, sino que te rebota de regreso con tal violencia que hasta te tira. Así pasa cuando tratas de interactuar con los necios: cualquier cosa que les ofreces, la devuelven de inmediato y con dureza.
El otro sendero, en cambio, es donde la experiencia se convierte en sabiduría. Al principio casi no se ve la entrada: es un camino estrecho, lleno de ramas que apartamos con voluntad y conciencia. Pero mientras avanzamos, se abre. Se vuelve sereno, luminoso, lleno de vida. Ahí la experiencia no nos encierra, nos libera. Nos vuelve pacientes, flexibles, capaces de ver la realidad como es, no como quisiéramos que fuera.
Yo confieso que muchas veces tiendo hacia el sendero de la necedad. Es el que la inercia dicta. Pero lo importante es que el camino de la necedad no es definitivo. Todos tenemos la posibilidad de transformarnos. No importa qué tan avanzado estemos ni qué tan oscuro se haya vuelto el sendero: siempre es válido regresar, desmantelar poco a poco lo rígido, hasta encontrar una brecha que nos permita pasar al otro lado.
Y esas brechas pueden tomar muchas formas. A veces llegan como un alivio: una conversación, un amigo, una terapia, un proceso de crecimiento espiritual, la meditación… Y a veces las brechas hacia el otro lado son dolorosas: un suceso que nos sacude, un golpe que nos despierta, un momento de sufrimiento que nos obliga a mirar lo que no queríamos ver. El dolor también puede abrir grietas en la necedad por donde se filtra la posibilidad de transformarnos.
La invitación es simple, pero no fácil: no dejemos que la experiencia nos convierta en necios. Aprovechemos esta segunda mitad de la vida para transformar toda nuestra experiencia acumulada en sabiduría.
Y cuando hablo de sabiduría no me refiero a memorizar frases bonitas ni a sonar profundo en sobremesas. Para mí, la sabiduría tiene que ver con el grado de aproximación de nuestra percepción a la realidad. Una persona poco sabia vive en un mundo distorsionado, moldeado por lo que quisiera que fuera. Una persona que gana sabiduría, en cambio, suelta esas ficciones para ver lo que realmente está ahí: las personas como son, el entorno como es, sin filtros ni expectativas.
Y quizá por eso la gente quiere estar cerca de alguien sabio: no por su nivel de conocimiento, sino por su nivel de aceptación, de calma y de lucidez. El sabio no se queda solo; al contrario, inspira compañía, porque su presencia se vuelve un refugio.
3 comentarios sobre “La experiencia es un arma de doble filo”
Gran reflexión Mara… La experiencia te puede dar un enfoque mucho mas amplio y si lo decides partir de ahi para expandir las posibilidades de hoy y mañana.
¡Muy cierto!, la manifestación de experiencia con sabiduría implica madurez. Gran oportunidad para reflexionar profundamente sobre qué es lo que nos lleva a ser necios en lugar de aceptar, ser flexibles y relajarnos un poco.
Gracias por esta reflexión, muy atinada y necesaria en estos momentos donde todo parece que tiene que ser blanco o negro. Si no puedes definirte entre los diferentes matices generas rechazo o miedo. Pero a veces lo más sabio es no etiquetarte («no caer en la demanda de las etiquetas»), y tener la capacidad de ver todos los ángulos con buena distancia para solo así poder tener más libertad.